lunes, 13 de diciembre de 2010

Desmontando la anemia política: notas sobre Gobierno y Ciudadania y las posibilidades de una pedagogia política

Desmontando la anemia política: notas sobre Gobierno y Ciudadanía y las posibilidades de una pedagogía política.


Jorge Osorio Vargas.



La democracia supone una moralidad pública compartida por los ciudadanos (as) que llamaremos ética civil. Esta es una afirmación que comparten los teóricos y el sentido común de la gente. Nunca como ahora la opinión pública se refiere a la necesidad de una regeneración moral de la política. La que se entiende como una reacción a su descrédito y a su vaciamiento solidario y vincular, entre otras razones.

En nuestros países el tema predominante entre los movimientos ciudadanos es no sólo justificar y demostrar en la práctica la relación entre ética y democracia sino conseguir una revitalización ética de la sociedad ( y de las democracias).

Este tema "clásico" del vínculo entre teoría política y práctica ética se actualiza en los términos de que la democracia requiere sostenerse en procedimientos donde "lo deseado" debe validarse deliberativamente, participativamente, comunicacionalmente. De ahí el valor de la imagen de la "plaza pública" para indicar el atributo comunicacional de toda acción política y de la institución democrática.

Junto a este sentir común acerca del "descrédito" de la política democrática constatamos un proceso más profundo que marca una tendencia clave para entender la actualidad de nuestros países: estamos viviendo cambios en el sentido y en la estructura misma de la política . Norbert Lechner planteaba que es preciso hacer una nueva cartografía de la política latinoamericana. Sus territorios y funciones han mutado por efecto de la globalización y de la hipermediatización, en el decir del mismo Lechner.

Desde el punto de vista de la construcción de una pedagogía política se requieren reconstruir los códigos interpretativos y hacer nuevos mapas cognitivos para comprender y actuar la política. La política ya no es lo que fue, señala Lechner, pero tampoco sabemos bien qué es realmente hoy y cuál es su futuro.


El Cartógrafo.


Una pedagogía política no puede plantearse sino como una propuesta en transición ( en obra) pues la misma política está en transición. La democracia se nos presenta sin un sentido unívoco. Lechner dice que no es lo mismo tener democracia que gobernar democráticamente. Tiene razón.

Cognitivamente es preciso complejizar la mirada. Estamos siendo partícipes de nuevos procesos de diferenciación social. Los diferentes campos (economía, cultura, política) adquieren cada vez más autonomía. Esta pluralidad de campos autónomos segmenta intereses materiales e impide los principios, la acción y las identidades colectivas. Existe una crisis del sentido de lo común.

Lechner habla de una sociedad sin centro, lo que cuestiona el Estado y la política como instancias generales de representación y coordinación de la sociedad. La nueva diversidad estructural pone en jaque la función integradora de la política, como vértice ordenador de la sociedad.

Una pregunta clave para la pedagogía política entonces es cuál es el lugar de la política y el valor de la misma. Máxime en un contexto donde el mercado adquiere una gravitación clave en lo social. La mercantilización de las más diversas relaciones humanas moldean un nuevo tipo de socialización. El mercado se impone a la política y se reestructura la relación entre lo privado y lo público. El espacio público es mucho menos condicionado por la política que por el mercado. Desde una perspectiva crítica esto significa que lo público es un espacio mitigado para el desarrollo de la ciudadanía, pues el mercado adquiere un carácter público, y sus marcos establecen las medidas de las propias relaciones públicas (competencia, productividades, eficiencias, oportunidades).

Todos los límites se ven cuestionados en la nueva cartografía, plantea Lechner. Por ejemplo: asuntos del mundo privado adquieren visibilidad pública y la agenda pública se tiñe de experiencias privadas.

Numerosos movimientos se plantean en esta coyuntura con la consigna de ciudadanizar la política, planteando el desplazamiento del eje de la acción política del Estado a la ciudadanía.

Resurge la utopía ciudadana rescatando las mejores tradiciones liberales. Este es sin duda otro tema clave de la agenda de debate de la nueva pedagogía política. La política institucional restringe su campo de acción, son más limitados los recursos disponibles para "hacer política institucional" y el financiamiento de las acciones públicas se hace inalcanzable para los movimientos ciudadanos independientes de cualquier poder fáctico (empresarios, militares, iglesias, medios de comunicación). Por ello la acción política de estos movimientos se hace en el límite de la política . Se produce una especie de informalización de la política, un desborde ciudadano de la política institucional.

Esta situación disminuye la distancia entre la política y la sociedad pero simultáneamente provoca un vaciamiento de las instituciones políticas y su crisis de credibilidad.


El Príncipe.


Se ha introducido en la agenda de los movimientos ciudadanos la idea de gobernabilidad. En el pasado, éste fue un concepto orientado a desarrollar estrategias de limitación de las tendencias de cambio. Se entendió la mayoría de las veces como la expresión de una lógica reactiva a la incertidumbre y de control social.

En las transiciones políticas del Sur, luego de las dictaduras militares, gobernabilidad se entendió como la lógica política del realismo, como una capacidad de los gobernantes para adaptarse a la realidad de lo posible, vinculada a una estrategia de consenso con las fuerzas que sostuvieron el antiguo régimen y de moderación de las relaciones entre los gobiernos civiles y los militares. Cada país desarrolló su propia versión de esta gobernabilidad.

Sin embargo, más recientemente ha existido una relectura de la gobernabilidad desde los movimientos ciudadanos y de grupos intelectuales que buscan nuevas vías para enfrentar la política de sus países. Según este enfoque, la gobernabilidad se refiere a la capacidad política de una sociedad, a su habilitación para auto-construirse políticamente . De ahí que gobernabilidad tenga un fuerte componente pedagógico .


Gobernabilidad sería entonces el conjunto de acciones asociadas a la creación de relaciones ciudadanas mediatizadas por procedimientos e instituciones democráticas, en que la relación gobierno-ciudadanía está normada por procedimientos de balance, fiscalización, revocación de mandatos y un constante perfeccionamiento de las reglas. En este sentido, gobernabilidad es una manera de implicar poder y ciudadanía a través de una democracia participativa.

Recogiendo una antigua tradición jurídico-política que viene desde la época medieval también podemos entender gobernabilidad como el atributo del buen gobierno, o la calidad de la gestión del gobierno. También es posible hablar de gobernabilidad como la capacidad de administrar sistemas políticos cada vez más complejos con democracia..

Nos volvemos a encontrar entonces ante la necesidad de reflexionar acerca del discurso ciudadano radical (que en el apartado anterior llamábamos "la utopía del ciudadano") que ante el requerimiento de definir gobernabilidad lo hace como la capacidad de autogobierno de la propia sociedad, como construcción de una ciudadanía participativa, reponiendo el rol de la política como un factor eliminador de las discriminaciones del mercado, y la importancia de las reformas institucionales para hacer de la democracia un régimen participativo.

El (La) Ciudadano (a).

La crisis de la política ha dado lugar a la muerte y resurrección de muchas palabras (gobernabilidad y ciudadanía, entre otras). Sin embargo, es preciso no olvidar que la situación de fondo tiene que ver con procesos bien conocidos y cotidianos para nosotros, como son el malestar democrático y la frustración o pesimismo social. Sabemos que estos males también se expresan en los países del Norte. Será preciso entonces que nuestra agenda incluya más adelante una reflexión integradora y comparada con los procesos de tales países.


Existen tres grandes maneras de mirar este asunto (ya no de coyuntura, sino un verdadero "asunto de época"). La manera neoconservadora tiene bastantes adherentes. Su planteamiento es seductor por lo simple: estamos viviendo una crisis moral fruto de una libertad sin límites, de un mercadismo extremo, de un neoliberalismo salvaje, de una liberación y experimentación sin límites, que se expresa en las vanguardias culturales, en el hedonismo, entre otras formas. Sin embargo, para esta mirada éste es el momento del agotamiento del experimentalismo, ya no hay lugar para "romper", la estética radical alcanzó su propia impotencia, y el capitalismo extremista se ve minado por su crisis de fundamentos valóricos y su incapacidad de crear un orden cultural que exprese jerarquías, tradiciones y comunidad.

Desde la lectura neoconservadora se valoran las instituciones intermedias, las asociaciones que pongan al individuo en contacto con las tradiciones.

Una segunda mirada es aquella que propone una desmoralización relativa de la política, por miedo a las pretensiones absolutistas de una ética crítica, por temor a un moralismo político que derive en una forma de fundamentalismo. Entiende la sociedad como sistemas que se auto refieren y cuyos regímenes políticos deben auto legitimarse, sin necesidad de apelar a referencias externas (a una moral, por ejemplo).

Se nutre de una tendencia crítica a las narrativas y a los modelos sociales-ideológicos de la postguerra y en un distanciamiento radical de las filosofías de la modernidad. La política es el campo de la interpretación, de la construcción siempre relativa de decisiones éticas. No aspira a la constitución de actores colectivos y desconfía de los "sentidos comunes".

Una tercera mirada comparte el diagnóstico de la “desorientación” valórica y del debilitamiento de los idearios comunitarios. Sin embargo, la causa no está en la cultura (según la mirada neoconservadora), sino en los sistemas tecno-económicos y en la administración del Estado moderno. La raíz de la anemia ética está en el predominio de la racionalidad instrumental. La razón instrumental invade los espacios que antes pertenecieron a la razón directiva-práctico-político-ética. Sus consecuencias son una especie de sequía en las relaciones intersubjetivas que constituyen la matriz de la creación de los valores, como decía en la introducción de este artículo. La política cae bajo la dirección de los estrategas y técnicos. La política se diluye en la macroeconomía, que de ser un instrumento de gestión se transforma en una normativa, se liquida todo sentido de cambio y futuro y deja a la política en un estéril presentismo.

El saber técnico reduce los espacios de la política. Empequeñece la participación; ámbitos como la educación son despojados de su riqueza intersubjetiva y se someten al saber técnico que los va funcionalizando

En este contexto, se replantea la ciudadanía . En los últimos años hemos sido partícipes de un atractivo debate político-pedagógico al respecto.

Hemos hablado de ciudadanía como el derecho a tener derechos, en referencia al Estado que es la entidad a la que se le exigen. Esta visión acentúa la idea de ciudadanía como condición legal, como atributo, como el contenido de plena pertenencia a una comunidad política particular.

Es común que se diga, además, que la ciudadanía es una actividad que depende de “mi” participación en la vida de las comunidades políticas, siendo su ejercicio una virtud, tal como lo ha entendido la tradición republicana. El republicanismo reconoce precisamente el valor intrínseco que tiene la participación política para los individuos, y para ello confía en que es posible educar para el ejercicio de las virtudes ciudadanas. Siendo la ciudadanía una cuestión de virtudes cívicas es propia que se promuevan asociaciones en las cuales se enseñen estas virtudes.

Hemos debatido también la ciudadanía como la capacidad de cuestionar y controlar a la autoridad, involucrándonos en las discusiones públicas. Esto es la ciudadanía como racionalidad pública, lo que pedagógicamente significa aprender a argumentar, dar razones, deliberar, desarrollar la racionalidad comunicativa de los ciudadanos.

Hay un entendimiento de ciudadanía que ha acentuado el pleno respeto y ejercicio de los derechos sociales, el rechazo a un retraimiento privatizador de la sociedad y a la clientilización, resaltándose la relación entre ciudadanía y construcción de capacidades, derechos y responsabilidades.

Estamos, por lo dicho, ante un evento heurístico-político de gran trascendencia. Se trata de construir nuevas cartografías y experimentar una ciudadanía radical. Es el tiempo de las narraciones críticas, pero también de la reflexión imaginativa de la responsabilidad para gobernar y para sorprender lo fugaz convirtiéndolo en futuro e inspiración.



Referencias:
Lechner, Norbert, “¿Por qué la política ya no es lo que fue?”, Revista Foro N°29, Bogotá, 1996.

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