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Funes el Memorioso:la poética de la memoria

FUNES EL MEMORIOSO: LA POÉTICA DE LA MEMORIA


Jorge Osorio Vargas.


…Tantas cosas
Ahora puedo olvidarlas.
Llego a mi centro,
A mi Algebra y mi clave,
A mi espejo.
Pronto sabré quién soy.

Borges, “Elogio de la Sombra”






Solamente podía leer en su memoria.

Harald Weinrich, Leteo. Arte y Crítica del Olvido.


En la obra de Borges existe una poética de la memoria y que ella se expresa de manera especial en su relato “Funes el Memorioso” . El tema de la memoria en Borges ha generado en sus comentaristas un interés por analizar la idea de historia en los textos borgeanos . Esto se ha manifestado en la búsqueda de señales sobre la relación de Borges con la contingencia política, en la identificación de algún “ideario” político en su obra, así como en la intención de esclarecer una cierta filosofía de la historia .

A estos intentos de contextualización de los escritos de Borges se han sumado algunos ejercicios de “develamiento” de nexos más concretos de los temas borgeanos con la vida y las opciones sociales del autor.

Nos parece estéril desarrollar una estrategia para analizar el tema de la memoria en Borges buscando una idea de historia o tratando de rearmarlo como una especie de historiador o pensador de la historia. Nuestra opinión es que Borges mas que expresar una idea de la historia construye un “universo de historia”, un “ámbito histórico” a partir de los contenidos y formas de su obra.

De esta manera, no buscamos en Borges un escritor históricamente contextualizado, sino encontrar en sus “historias” un modo de trabajar con la memoria, su “orden” memorioso o una poética de la memoria.

Borges no es un escritor que vuelve la espalda a la historia o que conjura el tiempo contemporáneo con una ficción meramente evasiva. Borges es, a nuestro entender, un recreador del pasado, que enfrenta la incertidumbre de “su” tiempo individual y colectivo, desarrollando una escritura que es una invención de un universo histórico-metafórico. Borges produce ficción desde ciertos temas de la historia, que edifican un orden significativo en su obra. Este orden está referido decisivamente a su manera de procesar y expresar la memoria.

Borges, sin pretender elaborar un discurso orgánico sobre la historia, reflexiona sobre ella, sin embargo, lo hace en vista de constituir un orden desde la memoria. Borges se distancia de un pensamiento sobre la historia como cambio y transformación y afirma el valor de la memoria como espacio de conservación de lo que se pierde en el presente, como una economía poética de la relación olvido-memoria. Fija lugares en el pasado, establece territorios en su historia-ficción, localiza actores, construye un pasado que no ha existido objetivamente pero que se hace historia desde su memoria.

Este orden de la memoria en Borges es un resumidero de textos leídos, de una reinvención de la literatura y contenidos, de producción de hipótesis sobre una historia-ficción, que por su naturaleza se transforman también en reflexiones sobre la Historia. Los textos de Borges constituyen una comunidad imaginaria , se trata de un pasado al que se le imagina un sentido y un orden, que hacen coherentes las tramas de los relatos y los poemas de Borges.

No existe en Borges un ejercicio crítico u objetivo de la historia sino una memoria en acción que es la que hilvana la historia real con la creativa.

Como hemos dicho, algunos comentaristas han pretendido sin éxito establecer un diálogo entre esta memoria creativa de Borges con un Borges historiador, puesto que lo que llamamos poética de la memoria de Borges es algo distinto a cualquier producción historiográfica: lo que Borges hace es recoger los tiempos pasados y ritualizarlos con su propio “orden temático”. Por ello, podemos hablar más que de un Borges historiador de un Borges memorioso.

Quisiera detenerme un momento en esta última afirmación antes de referirme a Funes: hablar de Borges memorioso significa entender la obra borgeana como un relato sobre un pasado que se manifiesta como horizonte no visto (aunque sí leído), que se desarrolla mediante imágenes ancestrales, que hace una crítica alusiva a toda visión concreta, configurando una poética de la memoria que incluye la historia objetiva, pero que lo distancia al mismo tiempo de ella, en una operación constituyente de un rito propio de conformación del pasado.

Sus comentaristas han identificado esta operación borgeana en temas como la búsqueda de la “patria” dispersa en fragmentos de la cultura de Occidente y la identificación de un patrimonio literario que se constituye en su repertorio creativo, al modo de hacer una “memoria del mundo”, desde sus lecturas. De este modo, la memoria es una razón de ser de la obra borgeana, y objetivo de su producción textual, como también es un ámbito de historias recuperadas, reapropiadas desde la ficción, una acción de recordar, un ejercicio de elaboración de un orden temático referido a un pasado recautivado por Borges.

Entendemos Funes como una expresión de la crítica de Borges a la historia objetiva. Borges no descarta la historia y sus implicancias para el conocimiento humano pero rechaza el historicismo. Funes es el fracaso de una historia “monumental”, usando la expresión de Nietzsche , de una memoria obsesiva por recordar y nombrar “toda” la historia, interesada en captarlo todo, de dar cuenta de todo lo real, lo objetivo, sin silencios, sin olvido, sin distanciamiento, sin ficción, sin la posibilidad humana y literaria de construir desde el pasado un orden propio, una memoria de historia y ficción, que ya no es la historia objetiva, sino la historia reconstruida, la comunidad imaginaria del pasado y del presente, el orden propio de la memoria.

Funes es un “memorioso” fatal, incapaz de huir o distanciarse de la historia objetiva, es una víctima de la objetivización extrema, impedido de vivir la historia como un relato, como un ardor o un placer, condenado a la repeticencia, es el no-sujeto. Funes es el anti-Borges, inhábil para producir el rito de conformación subjetiva del pasado, sin un “horizonte ciego hacia delante”, condenado a la soledad de un recuerdo compulsivo, automático, sin sentido. La “historia” que produce Funes, detallada, extrema, completa, aniquila la producción ritual del recuerdo, impide elaborar cualquier orden de la memoria.

En Funes, Borges nos sugiere pensar la memoria como un uso del olvido; en general, la poética de Borges habla también sobre el olvido. El “memorioso” del relato (no Borges) es incapaz de olvidar, por tanto no puede ser humanamente un creador, un ficcionador. Y porque no puede olvidar tampoco es capaz de recordar, es decir, su rito de conformación subjetiva del pasado no será posible. Desde Funes, Borges plantea lo humano como la capacidad de construir “mundos”, de intervenir el pasado, de economizar subjetivamente los recuerdos.

Lo que podríamos llamar la memoria ficcional -la memoria constituyente - configura la identidad. La memoria superflua, la de Funes, quita la identidad, aniquila, mata.

Funes expresa la imagen de la historia racional, de una memoria implacable, pero que es incapaz de elegir, de seleccionar, de representar. Otra vez el anti-Borges. A esta pretensión materialista de Funes Borges opone una idea de la realidad que es accesible como representación, como elaboración. Frente a la ilusión realista, a la embriaguez de historia objetiva de Funes, Borges antepone la realidad como ficcionario, donde el tiempo no es continuo e ilimitado (como en Funes) sino fragmentado, limitado e imaginado.

Para Borges, la historia no es una reproducción exacta o positivista del pasado, sino una construcción imaginativa del tiempo ido, que integra repetición, recuerdo y también olvido. De tal manera, podríamos definir su poética de la memoria.

Funes está condenado a ver todas las cosas. Borges quiere prescindir del lado claro de la historia y prefiere una memoria en cierta penumbra, que puede fertilizarse en el olvido; una memoria reconstituyente, articuladora de las diferentes temporalidades y de las formas de plasmar el ritual de conformación del pasado en que sobresalen dos temas constantes en Borges: el laberinto y el espejo.

El laberinto, es la trama de corredores y puertas que abren y cierran paso y que expresan el tiempo continuo y la discontinuidad, la infinitud y el muro, el peregrinaje y la pérdida, el deseo de avanzar y la repitencia.

El espejo contiene el pasado y el horizonte, imágenes fijas y por construir, lo dado y lo ficcionado, lo que está y lo olvidado. El espejo, es la imagen de la memoria reconstruida, ritual, no positivista, lo que vemos en él no es la “realidad”, es más bien lo sublime, un orden construido, ficcionado. El espejo trasluce, reinterpreta, obliga a mirar dos o más veces, es la imagen de una memoria sublime, no del acto memorioso automático de Funes.

Borges necesita la historia, pero no a la manera de Funes, la necesita como posibilidad de ficción, como rito de conformación de palabras que reescriban el pasado, no la historia holgazana sino la sublime, la imaginada, la historia capaz de construir una promesa de eternidad.

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